Listado
Proyecto
En los
medios
Acciones
Muchos
Libros
Felices
Enviá tu
día feliz

María Elena Disandro

AUN EN OTRA VIDA…
El espectáculo que tanto había costado insertar en el mundo del dos por cuatro luego de ardua lucha entre “guapos y niños bien”, se estrenaba en una hermosa casona de Avenida Figueroa Alcorta y Avenida Sarmiento. Se dio a conocer la noticia que al reciclarla para la reforma se encontraron restos del mítico “Café de Hansen”, local bailable donde naciera el tango. Contaba la leyenda que subyacían allí las almas errantes de significativos cultores de esta música, tanto intérpretes como bailarines; también la de los malevos que con poncho y cuchillo, fueran protagonistas de tragedias documentadas en crónicas policiales. Todas vagando con profunda aflicción en busca de consuelo, descanso o venganza.
            Decidí ir al estreno. Inquieto por la impresión que me produjo esa creencia, al llegar hice un paneo general para constatar que nada extraño se ocultaba entre la gran cantidad de gente que circulaba por el atrio y calmar  así la molesta sensación de temor que me había invadido. Resuelto, apagué el cigarrillo y franqueé la puerta espejada que reflejó mi figura cuidada; el cabello achatado al estilo “gomina Brancato”, el lengue de seda ajustado al cuello. Encontré lujo y distinción en ese salón con paredes empapeladas, techo abovedado, mesas de buena madera, sillas tapizadas y espléndidos apliques de bronce. Ya sonaban los primeros acordes de “El Choclo”. Mientras tintineaban las copas en un brindis virtual, varias parejas “caminaban” los primeros pasos dibujando ochos.
            Me tranquilicé y acercándome a la barra disfruté de un trago: una medida doble de ginebra; áspera, fuerte; la tomé de una sola vez; invadió mi cuerpo el calor del alcohol.
Ahora la orquesta sonaba a pleno  interpretando “Malena”. Percibí a la distancia la atracción que provoca la danza - mal llamada en algún momento copla vulgar – y el instinto sexual que despierta. Con orgullo salí al ruedo para hacer gala de mis dotes de bailarín. A cada paso mío el público se apartaba para dar lugar a la atractiva silueta que avanzaba con delicados movimientos hacia mí. Reconocí toda la excelencia de esa belleza morena; evoqué su forma de bailar tan marcadamente sensual distinta a la de otras mujeres (virtudes heredadas de su madre). Un vestido negro carente de breteles ajustado elásticamente debajo de las axilas  combinado con una estola de seda terminada con flecos y madroños realzaban aún más sus hombros.
El encuentro fue mágico, se unieron nuestros cuerpos sintiendo la nostalgia del tiempo transcurrido sin vernos. La ceñí por el talle, nos miramos a los ojos, temblaron embriagados nuestros sentidos con el hondo contenido de “Pasional (…) ardiente y pasional temblando de ansiedad quiero en tus brazos morir (…)”.  Vino a mi memoria aquella noche en la que los dos colocábamos con esmero las piezas numeradas que coincidían entre sí formando originales trayectorias. Luego las finas y delicadas manos de ella “arrancando” al teclado los sones de “Desde el alma” me habían hecho entrar en un estado de ensoñación y excitación…Ya sin pudor nos fundimos frente a la chimenea donde la leña crepitaba como música de fondo.
“Creí que habías muerto después de…” Colocó su dedo en mi boca y muy quedamente respondió: “no digas nada. Estoy aquí otra vez entre tus brazos”. La estreché más fuerte, sintiendo enloquecer  mi corazón y mi sexo. Nos dijimos al oído sin perder el compás,  secretos no confesados en su momento: ideales, desaciertos, experiencias, pecados.
            Bailamos por horas sin sentir cansancio ni el paso del tiempo. De pronto en un “voleo” se escabulló de entre mis brazos, desapareció. La busqué por todo el salón; el calor de sus manos perduraba en las mías con un dejo aromático a flores silvestres. La voz de Gardel resonaba… “Sus ojos se cerraron y el mundo sigue andando…” Apuré el paso  hacia la salida. La luna en el cenit me marcó el camino: Avenida Figueroa Alcorta, Plaza Francia, Quintana, oí el canto monocorde de un búho, transpuse las rejas. Una multitud de figuras vinculadas a la música ciudadana se balanceaban entre flecos y madroños con mirada burlona…
Inicié el inquietante viaje al reino de las sombras.